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Isaac Benaor · Nº 15 · 2017

El Fundamento del Mundo 2

Fragmento gratuito · 3107 palabras · unos 14 minutos

Capítulo 1EL SECRETO DE LA HISTORIA

1.1 El final de una etapa

“Yo transformaré su día de luto en regocijo (Jeremías/Yermeyá 31:12) y construirá (el Templo) el León de Dios (como está escrito) El Eterno reconstruye Jerusalén” (Salmos/Tehilim 147:2).

Yalcut Shmoní Yermeyá 259

En el año setenta de la era común, durante las fases finales del sitio de Jerusalén, la décima legión romana al mando del general Tito Vespasiano, prepara el asalto definitivo a la ciudad. Mientras, una facción judía, los llamados zelotes montan guardia en el interior con la intención de matar a cualquiera que intente huir (véase Yerushalmi Ta’anit 4:8).

En medio de esta situación, un nutrido cortejo fúnebre se dirige hacia las puertas. En el interior del féretro se halla escondido el famoso rabino y líder de su generación Rabán Yojanán ben Zakai, quien ha urdido este ingenioso plan para poder salir de la ciudad y entrevistarse con el líder romano (véase Gitín 56a y b, Ejá Rabá 1:5).

Cuando por fin consigue verle le saluda bajo la fórmula, a todas luces improcedente, de: “¡Salve, Emperador!” Tito, hijo adoptivo de Vespasiano, interpreta la salutación como una burla. Ahora, cuando la suerte del rabino parece echada, llega hasta el general romano la noticia de la muerte del emperador, por lo que ahora él es el César.

Bajo esta nueva perspectiva, Tito decide, en vez de castigar, recompensar a Yojanán ben Zakai por su acertado vaticinio. Ante la oferta, el sabio judío solicita del recién nombrado monarca la merced de fundar una Yeshivá (casa de estudio) en la ciudad de Yavne y poder trasladar el Sanhedrín a dicha localidad. Esta petición cambiará la historia del judaísmo para siempre pues, ante la inminente caída de los últimos reductos de resistencia y la más que probable destrucción del Bet Hamikdash (Templo Sagrado), ¿no hubiera sido más consecuente demandar del flamante emperador la supervivencia del Templo, en vez de recoger las cenizas del judaísmo tradicional y llevarlas a una casa de estudio fuera de Jerusalén?

Un judaísmo sin Templo

La necesidad de evolución resultaba evidente, pues con la pérdida de los servicios del Templo se inhabilitaba más de la mitad de la Torá, un reto que exigía adaptarse a la nueva coyuntura, pues cualquier persona que examine la Ley de Moisés puede percatarse de las dificultades que plantea su observancia sin la existencia de un Santuario Único, ya que 342 de sus 613 mandamientos (55,78%) están ligados implícita o explícitamente a él.

Siguiendo una tradición ya instituida por los profetas, los Sabios reinterpretaron las Escrituras frente a los duros desafíos que presentaban las nuevas circunstancias: Se promulgaron תקנות takanot (nuevas leyes o halajot) que llegarían a desarrollarse hasta regular incluso el más pequeño aspecto de la vida judía. Siguiendo esta línea, muchos de los mandamientos relacionados con los sacrificios fueron asimilados al culto sinagogal o asignados a la mesa familiar judía. Ahora las oraciones, el estudio o la recitación de pasajes concretos de la Torá serían el único vínculo con la ofrenda del incienso (קטרת Ketóret), los sacrificios expiatorios (חטאת Jatat, אשם asham), los sacrificios festivos (חגיגה jaguigá) o el encendido del Candelero (מנרה Menorá).

La pérdida del Templo también produjo cambios sustanciales en la relación entre judíos y gentiles. Al desaparecer la que hasta entonces había sido “Casa de oración para todos los pueblos” (Isaías/Yeshayá 56:7), el judaísmo se vuelve mucho más hermético.

1.2 Un pueblo de sacerdotes

“Y vosotros Me seréis un reino de sacerdotes, una nación santa”.

Éxodo/Shemot 19:6

El rol de Israel

Tras recibir la Torá, el pueblo de Israel fue llamado un “reino de sacerdotes” (ממלכת כהנים mamléjet cohanim). Desde el momento en que Israel fue designado como el “Pueblo Escogido” tuvo que asumir un nivel de consagración distinto al de las otras naciones, como fue dicho: “Mi elegido, el pueblo que formé para Mí, para que pudiera hablar en Mí alabanza” (Isaías/Yeshayá 43:21). Al sacerdote (כהן cohén), en particular, le fue encomendada una labor intercesora entre Dios y el pueblo, muy especialmente en referencia a las distintas ofrendas y sacrificios. Como ejemplo paradigmático en su rol mediador les fue encomendado el llamado ברכת כהנים Bircat Cohanim o Bendición Sacerdotal, donde los hijos de Aarón ejercían de “transmisores” en la bendición divina, como versa: “Y pondrán Mi Nombre sobre los hijos de Israel, y Yo los bendeciré” (Números/Bemidbar 6:27).

Además, los sacerdotes, desempeñaban un importante papel en la revelación profética a través de los אורים Urim ותומים veTumim (véase Levítico/Vayikrá 8:8) de cuya ausencia se lamentaría el rey Saúl cuando ésta le fue negada, como versa: “Y consultó Saúl al Eterno; pero el Eterno no le respondió ni por sueños, ni por Urim, ni por profeta” (1 Samuel/Shmuel 28:6). Junto a estas atribuciones, al cohén le fue encomendado ser albacea de la Ley, como se declara: “Entonces Moisés escribió esta Torá y se la entregó a los sacerdotes, hijos de Leví” (Deuteronomio/Devarim 31:8) y también: “Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría y de su boca el pueblo buscará la Ley” (Malaquías/Malají 2:7).

En el otro sentido de la línea (la ascendente), eran los encargados de presentar ante Dios las ofrendas del pueblo, ya fueran de carácter festivo o como expiación por sus pecados. La acción más significativa en relación a este último cometido era la llevada a cabo por el כהן גדול Cohén Gadol o Sumo Sacerdote en el día de la Expiación (יום כפר Yom Kipur o יום הכפרים Yom Hakipurim) quien obtenía, en el devenir de un complejo servicio, expiación para sí mismo, para el Santuario y para todo el pueblo (véanse Levítico/Vayikrá 16: 33 y 34 / 23:27-32).

El Sumo Sacerdote en el ejercicio de la עבודת השם Avodat HaShem (servicio divino) no era, espiritualmente hablando, un hombre común, pues durante el desempeño de tan sagrados cometidos, su alma experimentaba una particular elevación. Este concepto de “ascenso” (עליה aliyá) es especialmente subrayado en la Torá en referencia al encendido diario del Candelero o מנרה Menorá. Dicha acción se haya expresada en estos términos: “Cuando hayas de ascender (בהעלתך Baha’alotejá)” (Números/Bemidbar 8:1) ¿Por qué está escrito “Ascender” en vez de “encender” (הדליק hidlik)? como, por ejemplo, en la bendición por las velas del שבת Shabat? La expresión “Baha’alotejá” vendría a describir, más que una acción concreta, un cambio de status espiritual.

Esta idea de “elevación” se hacía particularmente evidente en los distintos rituales practicados por el Sumo Sacerdote en Yom Kipur; Por ejemplo, durante esta jornada vestía únicamente las cinco prendas blancas (בגדי לבן bigdé labán) de su singular atavío, despojándose cada vez que ingresaba en el היכל Hejal (véase Levítico/Vayikrá 16:32), de las tres que contenían oro (בגדי הזהב bigdé hazahab). Este hecho se hacía especialmente significativo durante su ingreso al קדש קדשים Kódesh Kodashim (Lugar Santísimo), donde sus blancos ropajes le conferían un aspecto semejante a un ángel, como se declara: “Porque él es ángel (מלאך mal’aj) de El Eterno de los ejércitos” (Malaquías/Malají 2:7). Como se explicará más adelante, primero entraba para ofrecer el קטרת ketóret (incienso), después con la sangre de los diferentes קרבנות korbanot (sacrificios) y por último a recoger la palita de oro del incienso (כף caf) y el incensario (מחתה majtá).

Volviendo al tema del magisterio universal del pueblo de Israel, la Torá nos relata como en un principio el propósito de Dios era entregar Su Ley a todas las naciones, como versa: “El Eterno vino de סיני Sinaí (donde estaba Israel), Y madrugó desde שעיר Seir, en referencia a Esav, el precursor de Roma (véase Génesis/Bereshit 32:4) para ellos, brilló desde el monte de פארן Parán, en referencia a Ishmael (véase ídem 21:20) y vino con diez miles de el santo de Su diestra ley de fuego para ellos” (Deuteronomio/Devarim 33:2). A pesar de todo ningún pueblo quiso aceptarla, pues no le faltaron excusas a cada uno de ellos para rechazarla (véanse Sifrí 343, Abodá Zará 2b). Sólo Israel la recibió, asumiéndola como su modo de vida. Esto convirtió a la descendencia de Jacob en עם Am (pueblo) סגלה segulá (especial tesoro) para Dios, pero también le confirió la responsabilidad de ser albacea y testigo de esta revelación para el resto de la humanidad.

Por esta razón, además del sacerdocio ejercido por los descendientes de Aarón, cada particular integrante del pueblo de Israel debería ahora actuar como un “sacerdote” para las naciones, como se declara: “Y vosotros seréis llamados כהנים Cohanim (sacerdotes) del Eterno, ministros del Eterno vuestro Dios será dicho de vosotros (Isaías/Yeshayá 61:56).

De esta manera, además de observar los preceptos, su pliego de responsabilidades se ampliaba, pues deberían instruir a las naciones sobre la unidad de Dios hasta erradicar del mundo todo tipo de idolatría, y ser a los ojos de los demás pueblos un referente de moralidad y altruismo.

La traducción de la Torá al griego (la llamada Septuaginta), permitió que las Sagradas Escrituras fuesen accesibles a multitud de pueblos (véase Sofrim 1:7). Ahora las naciones paganas tenían la opción de instruirse con las palabras del Eterno para abandonar la idolatría y venir a cobijarse bajo las amorosas “alas” del Dios de Israel. Los profetas, y sobre todo los salmos, abundan en exhortaciones y en buenos consejos hacia las naciones para que busquen a Dios, incluso un libro completo de la Biblia, Jonás (Yona), está dedicado al arrepentimiento de un colectivo gentil. Este papel de mediador entre la revelación de Dios (como la genuina expresión de Su voluntad) y el resto de la humanidad es lo que convierte a los descendientes de Jacob en un verdadero pueblo de sacerdotes.

Las incógnitas de un nuevo judaísmo

La inesperada salida del féretro de Yojanán Ben Zakai podía haber sido la metáfora de la “resurrección” del Pueblo Judío después de la tragedia; pues el ריב״ז Ribaz, destacado alumno de Hillel y sabio de la generación, indudablemente encarnaba las virtudes necesarias para liderar al pueblo: צדיק tsadik (hombre justo), קדושה kedushá (consagración), חכמה jojmá (sabiduría) y חסידות jasidut (piedad), enfocado todo ello hacia un verdadero “renacer” espiritual del pueblo de Israel y a la (imprescindible) salvaguarda del Templo Sagrado. Sin embargo, las palabras que dirigió al general romano (paradigma de la opresión de Esav hacia Ya’akob) no trajeron consigo el arrepentimiento de su enemigo (como, por ejemplo, consiguieran en su día las del profeta Yoná) obteniendo como única prebenda el permiso para levantar una casa de estudios lejos de Jerusalén y el traslado del sanhedrín que habría de afrontar los retos de un nuevo judaísmo sin Templo.

Son muchas las incógnitas que nos sigue planteando este encuentro. No era la primera vez que un líder judío declaraba los acontecimientos por venir a un gobernante pagano. Quizás el caso más conocido sea el de Yosef, el hijo de Jacob, quien interpretó los sueños de Faraón. Esto no sólo le catapultó al puesto virrey de Egipto, supuso además el reconocimiento público del monarca de que el Espíritu de Dios estaba con Yosef (véase Génesis/Bereshit 41).

El caso de Daniel es incluso más claro. Sus profecías y acciones llevaron al emperador caldeo Nabucodonosor (el tristemente homólogo de Tito, como destructor del Primer Templo) a decir: “Alabo, engrandezco y glorifico al Rey del Cielo, porque todas Sus obras son verdaderas y Sus caminos justos, y Él puede humillar a los que andan con soberbia” (Daniel 4:37). Más tarde, el rey persa Darío iría aún más allá en sus declaraciones al afirmar: “De parte mía es puesta esta ordenanza: Que en todo el dominio de mi reino todos teman y tiemblen ante la presencia del Dios de Daniel, porque Él es el Dios Viviente y Su reino no será jamás destruido y Su dominio perdurará hasta el fin” (ídem 6:26).

¿Qué pasaría en aquellos instantes por la cabeza del recién nombrado emperador romano? ¿Pensó en Yojanan ben Zakai como un simple adivino cuyos vaticinios se habían llegado a cumplir o quizás lo vio como un mensajero del Dios de los judíos con una señal de buen augurio para su reinado? Al menos, tenemos claro que sus intenciones no eran (como en el caso de Faraón) las de nombrarle “gobernador de toda la tierra”, ni estaba entre sus propósitos inmediatos alabar al “Dios viviente” (como hiciese Darío) y aún menos tenía planes de humillarse ante “el Rey del Cielo” (siguiendo el ejemplo de Nabucodonosor). Lejos de todo ello y aún más lejos de cualquier signo de arrepentimiento, sus objetivos a corto plazo eran saquear e incendiar la Casa de aquel Dios en cuyo Nombre se había predicho su reinado, llegando a profanar el Santo de los Santos pecando con una prostituta sobre un séfer Torá, por lo que le fue aplicado lo escrito: “Dirá el impío ¿dónde está su Dios, la roca en la que se protegían? (Deuteronomio/Devarim 32:37).

Una nueva etapa comenzaba en la historia del judaísmo, un amargo galut (exilio) que iba a ser el más largo y duro de su historia. Ante tan aciagas circunstancias, los rabinos se plantean la necesidad de poner por escrito la Ley Oral (תורה שבעל פה Torá Shebe’al pe) y buscar alternativas al servicio del Templo. Ahora los sacrificios serían sustituidos por las oraciones y los salmos que los acompañaban. Con el tiempo la liturgia seguiría ampliándose con la adición de versículos bíblicos (פסוקים pesukim) y de poemas litúrgicos (פיוטים piyutim) dando origen a los actuales libros de oraciones: סידורים sidurim y מחזורים majzorim.

Tras retornar del exilio de Babilonia, los hombres de la Gran Asamblea o אנשי כנסת הגדולה Ansé Keneset haguedolá (véase Abot 1:1), con Esdras, Nehemías y Zorobabel (un descendiente directo del rey David) al frente y bajo la tutela de los profetas Ageo, Zacarías y Malaquías, cargaron sobre sus hombros las arduas tareas de reconstruir Jerusalén y el Templo y adaptar el judaísmo a la nueva coyuntura; Aunque esta Segunda “Casa Sagrada” no aparezca en las profecías de Ezequiel su construcción servirá para encauzar de nuevo la vida religiosa judía durante cuatrocientos veinte años.

Tras la destrucción del Segundo Templo la situación se plantea muy distinta, pues ya no existían profetas que pudiesen guiar al pueblo conforme a la palabra de El Eterno o que pudiesen anunciar el fin del exilio como sucedió tras la pérdida del Primero, como fue dicho: “Porque así dijo El Eterno: Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, Yo os visitaré, y despertaré sobre vosotros Mi buena palabra, para haceros volver a este lugar” (Jeremías/Yermeyá 29:10).

Hacia un tikún universal

Los Sabios nos enseñan que Dios se planteó la creación del universo como un acto supremo de amor (Ets Jayim, Sha’ar HaKelalim 1, véase Zohar Terumá 168b, Salmos/Tehilim 145:9). Aun siendo el Creador suficiente en Sí mismo y no teniendo necesidad de cosa alguna, creó el mundo para hacerlo el receptor de Su amor (véase Kidushín 39b).

Sin embargo, este universo primigenio llamado עולם התהו Olam haTohu o mundo del caos, a pesar de recibir la luz de Dios, era incapaz de transmitirla. Al igual que un lago cerrado en el que desemboca el caudal de un gran río, los recipientes que constituían dicho mundo carecían de la facultad de “dar”. Eran, en este sentido, “oscuros”, por su imposibilidad de ceder ni aun la más tenue claridad.

Los Sabios añaden (véase Ets Jayim 11:5 y 19,3; Mebó Shearim 2:1:1) que este universo del caos acabó estallando al ser incapaz de contener por más tiempo la luz divina únicamente para sí, dispersándose en infinitos “fragmentos”, hecho conocido como “la rotura de las vasijas” o שבירת הכלים Shevirat hakelim. Este suceso provocó que ambos elementos se desperdigaran por el orbe: La luz en forma de pequeñas chispas (ניצוצות של אור nitsotsot shel or) y las vasijas a manera de cáscaras llamadas קליפות klipot (véase Zohar Bereshit 30b).

Con todo, estas chispas de luz divina aun podían ser “rescatadas”. A la acción de volver a elevarlas la llamaron תיקון Tikún o rectificación, hecho que debía aspirar a ser universal, el denominado תיקון עולם Tikún Olam, para que de esta forma la שכינה Shejiná fuese revelada en el mundo, lo que haría de esta creación un asiento donde la Presencia divina pudiese tener su morada (Tanjumá Nasó 16a, Tania 36). En cuanto a las cáscaras o klipot, éstas se convirtieron en vainas de oscuridad e impureza, deviniendo en verdaderos obstáculos para aquellos que quisieran alcanzar la luz (véase Kéter Shem Tob 207).

Está escrito (Génesis/Bereshit 1:26) que Dios creó al hombre a Su imagen (בצלמו betsalmó) y conforme a Su semejanza (כדמותו kidmutó). Cabría preguntarnos: ¿En que nos parecemos a Dios? O, al menos ¿En qué deberíamos parecernos? A este respecto, dicen los comentaristas que de la misma forma que Él es el dador por excelencia, el ser humano debe seguir Su ejemplo, prodigando amor hacia sus semejantes e interactuando con ellos de forma desinteresada. Lejos de cualquier principio egoísta, el hombre debe aspirar siempre a ser un dador, pues recibimos de Dios con el propósito de ser canales constantes de altruismo y dadivosidad. A dicho estado lo denominaron los Sabios “Universo de la Rectificación” u עולם התיקון Olam HaTikún en correspondencia con la expresión bíblica בהו bohu (véase Ídem 1:1). Este término, generalmente traducido como “vacío”, nos lleva a pensar en el hombre como un vaso de barro creado por el Alfarero divino, que debe dejarse moldear con mansedumbre en las manos de su Hacedor, vaciándose constantemente en forma de amor hacia su prójimo para ser de nuevo llenado y reiniciar el ciclo.

Los profetas anunciaron que, en los tiempos del Mesías, los judíos no se dedicarían a tareas seculares, sino que su función será estrictamente religiosa. Israel, deberá dedicarse (con toda probabilidad) a las labores relacionadas con el servicio del Tercer Templo (cuya organización y administración sin duda ocupará directa o indirectamente al grueso de su población). Los judíos deberán emplearse también en instruir a las demás naciones, como fue dicho: “En el monte alto de Israel lo plantaré, y alzará ramas y dará fruto y (Israel) se hará magnífico cedro y habitarán debajo de él todas las aves de toda especie (las naciones) a la sombra de sus ramas (enseñanzas) habitarán” (Ezequiel/Yejezkel 17:23, véase también Isaías/Yeshayá 2:2 y 3).

En aquellos días se estudiará la que los sabios calificaron como Torá Nueva o תורה חדשה Torá Jadashá, pues el Mesías marcará novedosas pautas para su observancia, como versa: “Una (Nueva) Torá surgirá de Mí” (Vayikrá Rabá 13:3 sobre Isaías/Yeshayá 51:4). Esta “Nueva Ley” será la consecuencia de la revelación de un quinto nivel de interpretación bíblica llamado “Torá de עתיק Atik” (Véase Zohar Bamidbar 152a). Todo ello llevará al pueblo de Israel a observar los preceptos inmersos en una verdadera experiencia de “divinidad”, como se explicará más adelante.

Aquí termina el fragmento

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