Isaac Benaor · Nº 06 · 2024
La Copa del Pacto
כוס הברית
Capítulo 1LA SEUDÁ Y LOS SACRIFICIOS DEL TEMPLO
1.1 LA EXPIACIÓN EN AUSENCIA DEL TEMPLO
El estudio de la Torá es equivalente (al cumplimiento) de todos los preceptos. Que (Dios) no rechazaría las plegarias a pesar de no tener Templo se aprende de (Levítico/Vayikrá 26:24): «En la tierra de sus enemigos Yo no los rechazaré»
Kidushín 39b
¿Por qué escogió Yeshúa el pan y la copa como los símbolos de Su obra expiatoria? ¿Fue únicamente por la coincidencia de Su muerte con la festividad de Pésaj en el marco de la celebración del Séder, o hubo razones adicionales? Antes de hablar de la Seudá del Mesías debemos poner en contexto las palabras del Maestro, pues no son pocas las referencias tanto bíblicas como talmúdicas que vinculan estos dos elementos con el Altar del Templo, unas realidades que se hicieron mucho más próximas tras su destrucción, al pasar la mesa familiar judía a ser la heredera conceptual del Altar donde eran ofrecidos los sacrificios.
Por todo ello, hemos creído oportuno hacer una introducción donde se aborden estas ideas, haciendo una retrospectiva histórica sobre la situación social y religiosa del judaísmo de la época.
La crisis del siglo primero
A mediados del siglo primero de nuestra era, la situación del pueblo de Israel no pasaba por su mejor momento. A la pesada carga del yugo romano, había que sumar la desavenencia entre hermanos, un conflicto que, a la postre, llevaría hasta la misma destrucción del Templo sagrado. En este desgraciado contexto, algunos de los sucesos sobrenaturales que tenían lugar desde los tiempos del Tabernáculo, o bien aparecían de forma intermitente o ya habían cesado por completo.
Quizás el ejemplo más claro de esto fuese el macho cabrío que era sacrificado en יום כיפור Yom Kipur por los pecados del pueblo (véase Levítico/Vayikrá 16:5-22); pues, en ocasiones, el cordón escarlata, el llamado לשון של זהורית lashón shel zehorit colocado alrededor del cuello del animal cuya suerte salió por el Eterno, no se volvía blanco tras ser sacrificado, para dar cumplimiento a lo dicho por los profetas: “Aunque vuestros pecados sean (rojos) como la grana, vendrán a ser como la blanca nieve” (Isaías/Yeshayá 1:18, véase Yoma 6:8). Que dicho sacrificio no viniese refrendado por el citado milagro era interpretado por el pueblo como un rechazo de la ofrenda y, entendiendo que aquel año los pecados no habían sido expiados, según se enseña: “¿Cómo sabían que habían tenido éxito en sus intercesiones? Por un cierto cordón carmesí: si su color no se cambiaba (al blanco), sabían que el Sumo Sacerdote que estaba ahí en ese momento se hallaba en pecado. Pero si salía en paz, se lo reconocía por el cordón carmesí que tornaba su color a blanco. Entonces había alegría en los de arriba y en los de abajo. Si ocurría lo contrario (y no cambiaba su color), todos estaban afligidos y sabían que su plegaria no había sido aceptada” (Zohar Emor 102a).
La plegaria sustituye los korbanot
Tras la destrucción del Segundo Templo, los rabinos se plantean el reto de afrontar un judaísmo carente de los “recursos” que Dios había establecido para la expiación de los pecados. Ante estas nuevas circunstancias, y en ausencia de un lugar donde llevar a cabo los sacrificios, la oración, las lecturas y en algunos casos las buenas acciones, ocuparían el lugar de los sacrificios en aras del mismo fin. Las referencias a este hecho son frecuentes en la literatura rabínica, citaremos brevemente algunas de las más significativas: “El que visita enfermos libera su alma de la Gehena (infierno)” (Nedarim 40a). “(La lectura de) el קטרת ketóret supera a la oración, que en la actualidad reemplaza a los sacrificios” (Bereshit Rabá 18:8). “Y rabí Eleazar dijo: el rezo es superior a los sacrificios, como fue dicho (Isaías/Yeshayá 1:11): «¿Acaso Yo necesito tus numerosos sacrificios?» (Berajot 32a). “Rabí Kiruspedai dijo: los ángeles (acusadores) que anuncian los actos perversos del hombre están restringidos por el compromiso de beneficiar sólo a quien se sienta en la casa de oración o estudia y repasa en voz alta los temas que se relacionan con los sacrificios y lo que los acompaña. Es considerado como si pretendieran expiar sus pecados con el estudio de las leyes del sacrificio que se le hubiera requerido ofrendar” (Midrash Hane’elam sobre Zohar Vayerá). “Dijo Abraham al Santo, Bendito Sea: […] ¿Quién expiará por ellos cuando no haya Templo? El Santo, Bendito Sea, respondió: Ya les he asignado leyes de los sacrificios. En tanto las estudien, Yo lo considero sacrificios mismos, y les perdono todos sus pecados” (Meguilá 31b). “Rabí Itsjak dijo: ¿Por qué afirma la Torá: «Esta es la ley de la ofrenda de pecado (חטאת jatat)» (Levítico/Vayikrá 7:37) (y añade) «esta es la ley de la ofrenda de culpa (אשם asham)»? Para enseñarnos que el que se dedica al estudio de las leyes asociadas a una ofrenda por el pecado, es considerado como si realmente hubiese traído una ofrenda por el pecado y quienquiera que se dedique a las leyes asociadas a una ofrenda por la culpa, es considerado como si realmente hubiese traído una ofrenda por la culpa” (Menajot 110). “Y por eso, aquel que se dedica al estudio de la Torá no necesita sacrificios ni holocaustos, pues la Torá es más importante que todos y es el vínculo de la fe de todos ellos. Y a esto se refiere lo escrito (Proverbios/Mishlé 3:17): «Los caminos de Él son caminos deleitables y todos sus senderos paz» (Zohar Tsav 35a).
Aunque con diferentes matices, todas estas citas comparten un denominador común: la sustitución del sistema sacrificial por el estudio de sus leyes. Si bien a efectos prácticos, en la mayoría de los casos dicho estudio se limitaría a la lectura de pasajes concretos durante los servicios sinagogales, reduciendo así a la mínima expresión la aportación del propio individuo a la expiación de sus pecados. Dicha circunstancia distaría un paso muy corto de una salvación carente de obras, según lo dicho: «La voz de mi amado, ¡Aquí llega!» (Cantares/Shir Hashirim 2:8). Rabí Yehudá, rabí Nejemiá y los rabíes. Rabí Yehudá dijo: se refiere a Moisés (como primer redentor) cuando dijo a los israelitas: Este mes vais a ser liberados. Le contestaron: Moisés, maestro ¿cómo vamos a ser liberados? […] Puesto que Él (Dios) tiene gusto en vuestra liberación, no se fija en vuestras cuentas (ausencia de méritos)” (Shir Hashirim Rabá 2:8, Pirké DeRabí Eliezer 48, véase Shemot Rabá 1:7).
No nos cabe duda de que la oración (תפילה tefilá) y la confesión (ודוי vidui) siempre tuvieron un papel fundamental en la expiación de los pecados, si bien en ningún lugar de la Biblia se había planteado que éstas bastasen por sí solas para alcanzar el perdón.
Nos parece razonable que (al menos en un principio) muchos de los Sabios guardasen en su fuero interno algún tipo de “reserva” hacia las nuevas disposiciones adoptadas por sus colegas ahora elevadas al rango de ley. Al respecto, nos parecen ilustrativas las siguientes declaraciones: “Rabí Eleazar dijo: desde el día en que el (Segundo) Templo fue destruido, un muro de hierro interrumpe entre Israel y su Padre que está en los cielos, tal como está dicho: «Y respecto a ti, toma una sartén de hierro y emplázala como un muro de hierro entre tú y la ciudad» (Berajot 32b sobre Ezequiel/Yejezkel 4:3). O esta otra: “Rabí Aleksandrí, tras rezar decía así: “Señor del universo, es revelado y sabido ante Ti que nuestra voluntad es cumplir Tu voluntad, mas ¿quién lo impide? La levadura de la masa (el pecado) y el sometimiento de los reinos. Sea Tu voluntad librarnos de sus manos para que volvamos a cumplir las leyes de Tu voluntad con el corazón integro” (Berajot 17a).
De los seiscientos trece preceptos ordenados por Dios en el monte Sinaí Trescientos cuarenta y tres se encuentran directamente vinculados con el Templo, y no podemos obviar el hecho de que, en su ausencia, estamos tristemente abocados a que más de la mitad (concretamente el 55,9%) de la revelación de מתן תורה Matán Torá (entrega de la Torá) no puede ser llevada a la práctica. Una transformación tan radical en la forma de vivir la fe judía nos invitaría a reflexionar sobre el alcance de la medida, pues sabemos que ni aún los profetas tuvieron autoridad para cambiar la Ley, como versa: «Estos son los mandamientos (que ordenó el Eterno a Moisés)» (Levítico/Vayikrá 27:34). Significa que en adelante los profetas ya no podían implantar nada nuevo” (Shabat 104a).
Sin embargo, a aquella generación, que vivió muchos años después de los profetas, le correspondió ser el aciago testigo de cómo el procedimiento para el perdón y la expiación de los pecados, o, dicho en palabras del Ramjal: “El sistema diseñado por la sabiduría de Dios para la corrección de todas las cosas”, desaparecía en medio de la vorágine de la Historia
¿Una expiación sin sacrificios?
Volvamos ahora sobre la cuestión central: ¿cómo pueden ser expiados los pecados en un judaísmo carente de Templo? Esta es una pregunta que cualquier judío mínimamente versado podría contestar pues, como se dijo, la lectura diaria de las secciones referentes a los sacrificios y al incienso producirían el mismo efecto purificador que en su día comportaban dichas acciones.
Y éste no es un tema menor, pues el perdón de los pecados es una cuestión que afecta nuestra vida en este mundo y también puede carrear consecuencias para nuestra existencia en Mundo Venidero. Quizás podría pensar que el גהינום Guehinom (generalmente traducido como infierno) es sólo para los malvados, pero según la tradición judía, también van allí aquellos piadosos que dejaron alguna cuenta pendiente, pues el Guehinom es, por así decirlo, la antesala del גן עדן Gan Edén (Paraíso) y al pasar por él (durante un periodo máximo de doce meses) se purificaría el alma de todos aquellos pecados que en el momento de la muerte aún requerían ser expiados. El tránsito del judío por este lugar es, en opinión de los rabinos, inevitable, de ahí la obligación de los familiares de entonar el קדיש Kadish por los difuntos durante un periodo de once meses desde su fallecimiento, pues, en opinión de los rabinos, esta oración vendría a aliviar los rigores del proceso.
Los Sabios enseñan que además del infierno hay otras formas de expiar los pecados, por ejemplo, a través del sufrimiento personal, pues cada uno de estos padecimientos redundaría en la purificación del individuo, conforme a lo dicho: “Como está escrito (Oseas/Hoshea 14:2): «Con vara recordaré Yo el pecado de ellos». Específicamente «Yo», esto es, cuando Dios encuentra aceptable el arrepentimiento, al regresar él (el hombre) a Dios con todo su corazón y alma por amor, entonces, siguiendo la iniciativa emprendida desde abajo y «tal como el agua refleja el rostro» (Proverbios/Mishlé 27:19), hay un despertar en lo Alto suscitando el amor y la bondad de Dios para purgar el pecado y expiarlo completamente de éste a través de la aflicción en este mundo, tal como está escrito (ídem 3:12): «Porque Dios al que ama Él reprende” (Iguéret Teshubá 1); Y también: “La esposa de rabí Shimón se curó de su enfermedad y los compañeros oyeron una voz (que decía) que El Santo, Bendito sea, perdonó los pecados de la generación. Con sus sufrimientos expió los pecados y tras ser la generación perdonada, ella sanó” (Zohar Ajaré Mot 64a).
Dentro de estas enseñanzas, ocuparía un lugar extremo aquel individuo que no solo dejó inconclusos aspectos de su vida, sino que además (Dios nos libre) cometió pecados tan graves que ni tan siquiera puede ser admitido en el infierno; Ante este infeliz se abriría el largo e incierto camino de lo que los Sabios definieron como גלגול הנשמות guilgul haneshamot (generalmente traducido como reencarnación). Este castigo, aplicado en un principio tan solo a los pecadores, adquirió más tarde un cariz mucho más simbólico al incluir en este proceso a algunos צדיקים tsadikim, entre los que se hallarían los Patriarcas e incluso el propio Moisés.
Y aún cabría una última opción para el transgresor impenitente, la más terrible de todas, como se declara: «Y el espíritu (רוח rúaj) ha de volver a Dios quien se lo dio» (Eclesiastés/Kohelet 12:7); Y si no es hallado merecedor ¡ay de ese espíritu! Que requiere purificarse en el fuego encendido (del גהינום Guehinom) […] Y si no se rectifica (esto es, la naturaleza de su pecado excede dicha rectificación) ¡ay de este espíritu! Que rueda como una piedra en el receptáculo de la honda, como está escrito (1 Samuel/Shmuel 5:29): «Y el alma de tu enemigo será enclavada en el hueco de la honda (קלע kalá)” (Zohar Vayejí 217b).
Cabría preguntarse: ¿Son estas formas de expiación excluyentes o son complementarias entre sí? Por ejemplo: si un judío retornante (בעל תשובה ba’al teshubá) obtuviese el perdón de sus pecados a través de la lectura diaria de los sacrificios ¿necesitaría además purificarse mediante una vida de sufrimiento? ¿Y esto bastaría o, por el contrario, aún le espera un periodo de dolor en el infierno o, incluso peor aún, tener que llegar a reencarnarse?
La Torá es clara al abordar estos conceptos: “Cuando alguna persona pecare […] ofrecerá al Eterno un becerro sin defecto para expiación por el pecado que había cometido” (Levítico/Vayikrá 4:2 y 3); Dicho llanamente: Un “sustituto” tendría que morir por los pecados del transgresor; y ésta, aunque pueda parecer muy simple, es la enseñanza de la Biblia.
Tanto en la liturgia sinagogal como en los rezos personales, por ejemplo, en el ברכת המזון Bircat Hamazón, abundan las rogativas por la reconstrucción del Templo Sagrado, como requisito previo indispensable para volver a ofrecer los sacrificios. Pero si esto, según la opinión más generalizada, solo acontecerá en los tiempos del Mesías, cuando el mal impulso ya habrá sido quitado del mundo, ¿Qué sentido tendrán entonces los sacrificios expiatorios? ¿Acaso espera un médico a que desaparezca la enfermedad para administrar la medicina? Es más, al ser entonces revelada la ahora oculta esencia espiritual de los mandamientos, la Halajá deberá ser inevitablemente adaptada a la nueva coyuntura.
Y aquí deberíamos plantearnos si un el sistema sacrificial dado directamente por Dios a Moisés como תורה למשה מסיני Torá leMoshé miSinaí es susceptible de ser cambiado para acomodarlo a las circunstancias de la Historia. Y esta reflexión no debería estar exenta de profundo temor del Cielo, pues asumir dicha premisa supondría (a efectos prácticos) abolir más de la mitad de los mandamientos, lo que sería tanto como hablar (Dios nos libre) de una Torá distinta de la entregada a nuestros padres junto al monte Sinaí, cumpliendo así con lo dicho: “Los ladrillos cayeron, pero edificaremos de cantería, cortaron los sicómoros, pero en su lugar pondremos cedros” (Isaías/Yeshayá 9:9/10).
La mesa sustituye a los sacrificios
La adaptación del judaísmo a una coyuntura sin Templo pasó también por incorporar a la vida del judío común diferentes ritos que en su día eran privativos de la clase sacerdotal (כהנים cohanim), como fue el caso de diversas abluciones, pero la más significativa de todas fue sin duda la adición de la mesa al ritual religioso, muy especialmente durante el שבת Shabat y las fiestas (חגים jaguim), como fue dicho:
“La diferencia está más bien en la mesa: ¿por qué el Misericordioso la llama «madera» (עץ ets, pese a estar revestida de oro), como está escrito: «Esta es la mesa que está delante del Eterno» (Ezequiel/Yejezkel 41:22). ¿Comienza por «el Altar» y termina por «la Mesa»? Rabí Yojanán y Resh Lakish, dijeron los dos: cuando existía el Templo, el Altar expiaba al hombre, ahora lo expía Su mesa” (Jaguigá 26b-27a).
Y vemos como la mesa es incorporada en sustitución del Altar de los sacrificios (מזבח העלה Mizbéaj Haolá) y no de otro elemento en particular. A priori esto nos sorprende, pues ¿no guardaría mayor similitud con esa otra la mesa destinada a contener los panes de la proposición? Pero fue el Altar del Templo, el elemento donde eran ofrecidos los diferentes קרבנות korbanot (sacrificios), el que fue asimilado con la mesa.