Isaac Benaor · Nº 10 · 2022
La Torá del Mesías
תורת משיח
Capítulo 1INTRODUCCIÓN
Yeshúa le dijo a sus discípulos:
“A vosotros os es dado saber los misterios del Reino de los Cielos, más a ellos no les es dado […] Por eso les hablo por parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen, ni entienden”
Mateo/Matai 13:11 y 13
El Maestro dirigió estas palabras a su círculo más íntimo, respondiendo a su pregunta de por qué enseñaba mediante alegorías en el contexto de la célebre “parábola el sembrador”. Y esto no es fácil de entender, pues tanto la historia como su posterior interpretación nos parecen de sentido común y en nada apreciamos a simple vista esos “misterios del Reino de los Cielos” que estaban al alcance de muy pocos. Y seguiríamos sin entenderlo de no ser por la cita de Isaías que acompañó a la explicación; de donde se infiere, que se trata de una percepción de carácter espiritual y profética, que iría mucho más allá del sentido llano de aquellas palabras. Y por eso les dice:
“Porque de cierto os digo, que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron, y oír lo que oís, y no lo oyeron”
ídem 13:17
Las palabras de Yeshúa esconden muchos secretos aún por desvelar, y más allá de su sentido llano, poseen un profundo sentido profético que pasa desapercibido ante los “ojos” y de los “oídos” de aquellos que no anhelan conocerlos. De hecho, estas palabras vendrían a indicarnos que Yeshúa solo enseñó estos misterios a Sus más allegados seguidores, por lo que dependerá de nuestro apego al Maestro si estos secretos no son revelados o no.
En el presente estudio sobre el libro de Mateo/Matai, intentaremos ahondar, con la ayuda del Cielo, en esos secretos de luz y santidad que dispuso Dios para los que Le temen y que nos fueron revelados a través de Su Mesías. Y para ello precisaremos de las valiosas herramientas que nos proporcionan las fuentes rabínicas y, muy especialmente, las enseñanzas de los Sabios de la Kabalá.
Sin más preámbulo, le damos la bienvenida a este trabajo consistente en catorce shiurim sobre el libro de Matai, sea voluntad del Santo, Bendito sea, que estos estudios le sean de bendición para su alma. Pasemos a su primer versículo:
“Libro de la genealogía de Yeshúa el Mesías”
ídem 1:1
Una mirada atenta nos lleva ya desde su primera palabra a profundos significados espirituales: “Libro”, en hebreo “séfer”:
Dicho vocablo comparte raíz con el término sefirá que, de hecho, sería la misma palabra, en género femenino:
Y en esto podríamos ver ya una insinuación que nos insta a ahondar en los profundos secretos que se hallan ocultos entre sus páginas, invitándonos a buscar una interpretación (llamémosle) cósmica de sus postulados, de una exégesis que desea revelarnos “el reino de los Cielos”, esto es, de suscitar la unión entre ז״א Zeir Anpín y מלכות Maljut, de forma que las bendiciones puedan descender con abundancia sobre el mundo y, en última instancia, propiciar el regreso del Mashíaj.
Vemos como el vocablo ספר séfer (libro) contiene las iniciales de tres de los cuatros niveles interpretativos de la Biblia:
La ס Sámej de sod (secreto): סוד
La פ Pe de Peshat (sentido literal): פשט
La ר Resh de Rémez (insinuación): רמז
Siendo el propio contenido del “libro” el cuarto nivel interpretativo: el דרש derash (aspecto homilético); y esto constituye toda una invitación a ahondar en los sentidos más profundos de su texto en busca del פרדס Pardés, de esos חידושים jidushim que nos van a acercar al פנימיות penimiut (aspectos espirituales internos) del משיח Mashíaj.
La palabra ספר séfer (libro) también puede ser leída de la forma ספר sefar (número), como es expuesto al comienzo del conocido libro cabalístico Séfer Yetsirá:
Y esta acepción nos invitaría a incluir también las gematriot (valores numéricos) en nuestra exégesis del texto. Veamos un ejemplo a este respecto. Calculemos la gematría de safar:
Y vemos que es la misma que la de סרף seraf (un tipo de ángel) que, de hecho, es una permutación del mismo nombre:
Unos seres que se hallan vinculados a la revelación profética (véase Isaías/Yeshayá 2:5, entre otros).
La siguiente palabra de nuestro libro es toledot, que traducimos como generaciones:
Término que procede de la raíz י Yod, ל Lámed, ד Dálet: “procrear”, “generar”. Para ahondar sobre esta palabra, son de obligada mención dos citas de la Torá. La primera sería:
“Y estas son las generaciones (תולדת toledot) de Yitsjak (Isaac), hijo de Abraham. Abraham engendró a Isaac”
Génesis/Bereshit 25:19
Acerca de esto dijeron los comentaristas:
“Todos los sucesos hasta ahora descritos no son sino una introducción para llegar a estos hijos”
Séfer Hazikarón
En el libro de Génesis encontramos numerosas genealogías, pero todas ellas no serían sino el hilo conductor que nos lleva hasta Abraham y a su descendencia, que es el pueblo de Israel, pues fue ésta y no cualquier otra nación de la tierra, la depositaria de las promesas de Dios y el albacea de Su Palabra. En este sentido, el linaje que será descrito a continuación no es sino el preámbulo del Mashíaj, Quien había de venir al mundo de la descendencia de Abraham y, más concretamente, de la casa de David.
Nuestra segunda cita es la siguiente:
“Estas son las generaciones (תלדות toledot) de Ya’acob, Yosef”
Génesis/Bereshit 37:2
¿Acaso el onceavo hijo de Jacob fue su única descendencia? ¿No deberían ser mencionados aquí todos los hijos del patriarca? La palabra תלדות toledot también nos transmite la idea de la consecuencia, del resultado de aquello que se genera. En esta línea nos explica Rashí:
“Un midrash hagádico interpreta lo escrito (con el propósito de) adjudicar a Yosef el rol preponderante en la descendencia de Jacob”
Rashí ad loc
Visto de esta manera, Yosef representaría la esencia espiritual de Jacob y, por ende, de todas las tribus. En espíritu similar, el Mesías constituye el alma colectiva, ya no tan solo de Sus ascendientes, sino de la totalidad del pueblo de Israel.
La siguiente palabra de nuestro libro es Yeshúa:
Si bien hablaremos con más detalle acerca de este nombre al tratar el anuncio del ángel, como explicación preliminar diremos que deriva de la raíz י Yod, ש Shin, ע Áyin, que tiene el significado de “salvar” o “librar” (véase 2 Samuel/Shmuel 22:4) y también de “ser victorioso” (véase Zacarías/Zejariá 9:9), ambas acepciones aplicables a la obra del Mesías.
No es casualidad que el profeta que más habló acerca de su venida fuera Isaías (en hebreo ישעיהו Yeshayahu), cuyo nombre significa precisamente: el Eterno salva:
Y pasamos a la siguiente palabra de la frase introductoria de nuestro libro: haMashíaj (el Mesías):
Como es sabido, dicho término proviene de la raíz מ Mem, ש Shin, ח Jet, que significa “ungir”, esto es, derramar aceite, siendo usado en la Biblia incluso para designar este elemento (משח meshaj) (véase Esdras/Ezrá 6:9). Pues esta acción se enmarcaba (entre otros supuestos) en el rito iniciático para los sacerdotes y también para los reyes. Cabe señalar que los reyes de la casa de David eran ungidos con aceite procedente de un cuerno mientras que, para el resto, se usaba una redoma.
Tendremos oportunidad de ver, como esta condición de “ungido” nos presentará la figura del Mesías a un nivel espiritual más excelso que cualquier otro ser sobre la tierra
Capítulo 2LA GENEALOGÍA DEL MESÍAS
Si existe una enseñanza en los Escritos del Nuevo Pacto que ha suscitado polémica a lo largo de los siglos y ha servido como argumento para los detractores, esta ha sido la del nacimiento de Yeshúa. Pues estos arguyeron sobre el poco sentido de citar una línea familiar que se remonta hasta Abraham, para luego acabar diciendo:
“José (Yosef), marido de Miriam, de la cual nació Yeshúa llamado el Mesías”
Mateo/Matai 1:16
Esto es, llegando hasta un personaje que, en definitiva, no fue el padre biológico.
Bienvenidos a este nuevo estudio sobre el libro de Mateo/Matai. En el presente capítulo intentaremos adentrarnos, con la ayuda del Cielo, en los grandes secretos espirituales de la genealogía del Mesías, según es narrada en el primer capítulo del libro que nos ocupa.
Antes de centrarnos en la figura de Yeshúa, abordaremos algunos temas de orden general, y para ello necesitaremos repasar algo de historia para conocer cuál era el estado de la casa de David en el momento en que nació, pues, como veremos, el cronista se esfuerza en subrayar Su condición de “hijo de David” (בן דוד ben David) incluso por encima de la de “hijo de Abraham”.
Como nos declaran las Escrituras, David reinó cuarenta años sobre todo Israel y tras su muerte ocupó el trono su hijo Salomón por otros cuarenta. Sin embargo, su nieto Roboam acabó siendo rey únicamente de dos de las tribus: Judá y la pequeña Benjamín (véase 1 Reyes/Melajim 12), pues las diez tribus del norte (que a partir de entonces serán llamadas Israel, Efraím o Samaria) se independizaron tanto política como religiosamente, de forma que los reyes de la casa de David tan solo prevalecieron sobre el trono de Judá, cuya capital era Jerusalén. Su destrucción a mano de los babilonios en el 423 A.E.C. (hecho que supuso también la pérdida del Templo Sagrado) apartó del reinado a la dinastía davídica; y aunque después de setenta años de exilio, un miembro de la casa de David llamado Zorobabel ben Salatiel, quien era nieto del depuesto rey Yejojacim, volvería a gobernar sobre Jerusalén, no lo hizo como un rey al uso sino a manera de delegado o “sátrapa”, siendo el monarca persa quien realmente ostentaba el poder y la autoridad real. Y vemos como a pesar de las alentadoras palabras del profeta Zacarías (según leemos ídem 4:7), su relevancia tanto política como religiosa fue de escaso recorrido, pues incluso las fuentes rabínicas definen ese periodo como el de los hombres de la Gran Asamblea (אנשי כנסת הגדולה anshé Kenéset Haguedolá), exaltando de forma especial la figura de Shimón Hatsadik, quien fue uno de sus últimos miembros (véase Pirké Abot 1:2). Tanto así, que tras su muerte (acaecida hacia el 291 a.e.c.) la שכינה Shejiná (Presencia Divina) dejó de manifestarse en el Templo, circunstancia que llevó a los sacerdotes a dejar de pronunciar el Tetragrama en voz audible en los servicios del Templo (véase Yoma 93a, Menajot 109b).
El reino de Judá ya no se vería ya libre del dominio extranjero, pues detrás los persas vendrían los griegos de la mano de Alejandro y, tras de un corto periodo de relativa independencia bajo el gobierno de los Macabeos (que procedían de la casa de Aarón y no de la de David), sería conquistada por Roma en el año 63 a.e.c. con Pompeyo. Este nuevo imperio ejercería su tutela con verdadera “mano de hierro” hasta llegar a destruir el Segundo Templo en el año 70 d.e.c.
Y de aquí se desprende que en el momento de nacer Yeshúa la relevancia política de la casa de David era prácticamente nula en la tierra de Israel, si bien en la comunidad judía de Babilonia siguió en vigor la figura del ראש גולה rosh golá (exiliarca) continuando de alguna forma la dinastía davídica, sin embargo, no parece que esta circunstancia se ajuste al cumplimiento de la profecía:
“No faltará varón de tu descendencia en el trono de Israel”
1 Reyes/Melajim 9:5
Es más, a tenor del relato de Lucas/Nakai, que es el otro gran cronista del nacimiento de Yeshúa, Yosef, aun siendo un descendiente directo de los reyes de Judá, habría perdido a esas alturas los vínculos familiares con su lugar de procedencia en la aldea de Belén (en hebreo בית לחם Bet Léjem), como se infiere del hecho de que no buscase alojamiento en casa de algún pariente para el parto de su esposa. A tenor de la misma fuente, tampoco su situación económica era la adecuada a un príncipe de Israel, como se desprende de la ofrenda de purificación (טהרה tahará) que la familia presentó según lo prescrito en la Torá:
“Y cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, conforme a la Ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén para presentarlo al Señor […] Y para ofrecer conforme a lo que se dice en la Ley del señor: «Un par de tórtolas o dos palominos»
Lucas/Nakai 2:22 y 24
Y esto conforme a lo dicho:
“Y si no tiene suficiente para el precio del cordero, tomará entonces dos tórtolas o dos palominos, una para holocausto (עלה olá) y otro para expiación (חטאת jatat)”
Levítico/Vayikrá 12:8
Y todo esto nos retrotrae al misterio del “Tabernáculo caído de David”, que es un grado de exilio espiritual donde el Mesías permanece oculto, situación que no será revertida hasta llegado el fin de los días, conforme anunciaron los profetas:
“En aquel día Yo levantaré el Tabernáculo caído de David (סכת דויד הנפלת sukat David hanofélet), y cerraré sus portillos y levantaré sus ruinas, y lo edificaré como en el tiempo pasado”
Amós 9:11